miércoles, 16 de enero de 2019

Relato 2: Valencia, 2218

VALENCIA, 2218

Diario en una botella

Ya os traigo el segundo relato del reto de escritura. En esta ocasión el reto era:

Escribe una historia sin un solo adverbio -mente

Aviso que es mi primera historia de Ciencia-Ficción, por lo que os pido que seais benévolos.

Valencia, año 2218 

Las razones por las que la Tierra se encontraba en un estado más que decadente podían haberse evitado si los humanos que vivieron hace más de doscientos años hubieran tomado conciencia de lo que iba a deparar a la humanidad sus excesos. Ahora ya es demasiado tarde y los jóvenes que contamos con la capacidad y aptitudes necesarias para la búsqueda debemos partir sin demora.
La mayoría de las mujeres han perdido el don de la fertilidad y los hombres son cada vez más escasos, la humanidad se encuentra al borde de la extinción si los supervivientes no somos capaces de encontrar una solución a este descenso directo a la abolición humana. Mi nombre es Laika y soy la primera mujer menor de dieciocho años en ser enviada en una de las naves subacuáticas. Las aguas cada vez van cobrándose más y más zona terrestre y, los más ancianos, defienden la posibilidad de vivir bajo ellas con la tecnología apropiada. Dicen que hay ciudades enteras enterradas y que, de entre sus escombros, debe hallarse la respuesta.
Los pocos niños que consiguen sobrevivir al nacimiento son enviados a las colmenas, donde un personal cualificado los cría y protege hasta que su sistema inmunológico es capaz de trabajar en el exterior. Recuerdo cuando era tan solo una niña que crecía y alimentaba junto a los demás. Un día, hubo una alerta de GCD (Gas contaminante desconocido) justo en un instante en el que los cuidadores se encontraban fuera de sus funciones habituales dejándonos a solas. Muchos niños actuaron como cualquiera de su edad rompiendo a llorar sin control alguno, mientras que otros intentamos tomar las riendas de la situación. Vi que una de las puertas de seguridad se encontraba entreabierta y, tras comprobar que llevaba hasta los refugios, llamé la atención de los demás para que me siguieran. Esperé hasta que el último niño salió para incorporarme a la huida y cerrar tras de mí dicha puerta. Incité a todos a que corrieran sin mirar atrás hasta llegar a los bunkers donde albergaba la esperanza de que estuvieran ya algunos de los adultos. Por suerte, así fue. Dos de ellos se encontraban en la entrada hacia los subterráneos mientras comprobaban que estábamos todos y anotaban en sus cuadernos lo que fuera que debieran escribir. No pasó ni media hora cuando una mujer de unos treinta años, pelo castaño, ojos bicolor y complexión atlética entró en la estancia. Nos miró a todos inexpresiva y, con un chasquido de los dedos, uno de los adultos que nos custodiaban le entregó su cuaderno. Mientras leía lo que en él estuviera escrito, asentía con satisfacción. Yo no podía apartar la mirada de aquella mujer preguntándome quién sería y qué hacía allí sin mediar palabra. Nunca la habíamos visto y nunca más volveríamos a verla.
Entonces alzó su mirada y con una sonrisa indescriptible empezó a nombrar a un cierto número de niños. Llevaba cinco nombres cuando con la misma voz firma me nombró. Según éramos llamados debíamos de acercarnos a una primera línea. Aquella mujer nombró a un total de diez niños, todos varones menos yo. Todos mayores de diez años, excepto yo que tan solo contaba con siete. Después de aquello, nunca más la volvimos a ver. Abrieron la puerta para que los elegidos saliéramos en fila y en orden, nos dirigieron por un pasillo que jamás había visto o, por lo menos, no recordaba haberlo hecho antes. Llegamos a un hangar donde un camión militar nos esperaba y nos subieron a la caja donde nos sentamos sobre unos bancos de metal que caían de los laterales. Junto a nosotros, cuatro soldados armados nos flanqueaban sin saber aun si era para protegernos o para amenazarnos en caso de intentar huir.
Tras un trayecto lleno de baches y curvas que el conductor parecía coger con exceso de velocidad, llegamos a nuestro nuevo destino. Nos bajaron del camión sin mediar palabra para, después, guiarnos en silencio hasta la persona que sería nuestro nuevo custodio.
—Bienvenidos, reclutas. —Un hombre de avanzada edad, de pelo canoso y ojos claros nos recibía con una amplia sonrisa de dientes perfectos y blancos como nunca había visto hasta entonces—. Soy el Coronel jefe de esta Base en la que viviréis de hoy en adelante. No os asustéis pequeños, yo no seré quien os tutele, en mi lugar tendréis a las personas adecuadas que os ayudaran a forjaros como jóvenes soldados y depositará en vuestras manos nuestro futuro. Esperad aquí y pronto os llevarán a vuestras celdas.
Así fue como todo empezó. Con tan solo siete años me instruyeron para ser un soldado de obtención, de esos que arriesgan sus vidas en viejos submarinos en busca de resquicios humanos bajo las aguas, de tierras perdidas que un día fueron habitadas por nuestros congéneres antes de la gran explosión.
Hoy tengo dieciséis años, la edad mínima que se estipuló para activar a los nuevos soldados. Este será mi primera misión, mi primer viaje. Conmigo vendrá Tomás, otro de los niños reclutados y con el que siempre he tenido una gran relación, quien me ha cuidado desde niños cuando llegamos a este lugar.
—¿Cómo vas? —Un suave golpecito en el hombro hace que me gire para encontrarme con los ojos pardos de mi mejor amigo—. ¿No estarás asustada?
—Esa palabra no entra en mi vocabulario, chaval. —contesto. Tomás ya es veterano en estos viajes, es la tercera salida que realiza y, por supuesto, su actitud es muchísimo más despreocupada que la que pueda tener yo.
—En serio, Laika, no te preocupes por nada. Eres de las mejores de la cosecha. Ellos lo saben y tu deberías aceptarlo.
—No sé, Tomás, me conoces demasiado para saber que no me gusta ir donde desconozco. ¿Qué tiene de especial esta misión para que me hayan activado ya? —pregunto. A pesar de ser la edad mínima de activación, era muy raro que llamaran a misión a los que acababan de cumplir los dieciséis. Lo normal sería que reclamaran primero a los mayores y los recién activados se dedicaran a trabajos de logística hasta alcanzar cierta madurez militar.
—No lo sé, pero no creo que tardemos mucho en averiguarlo. —Hizo un gesto con la cabeza para señalar que algo pasaba tras de mí—. Ponte el casco, viene la Jefa.
—Señores, atención. —Frente a nosotros se encontraba la Comandante Werner, todos sabían de su capacidad en acciones especiales. En su niñez mostró grandes dotes de liderazgo que fue aumentando con el tiempo hasta convertirse en uno de los activos más codiciados de nuestro ejército—. Como verán, nos encontramos en una situación especial en la que muchos os preguntaréis cómo es que hay niñatos en las filas. Bien, esos niñatos son los mejores de su promoción y por ello se ha decidido activarlos en esta ocasión, digamos, especial. Los servicios de nuestra inteligencia han detectado lo que parece una de las mayores zonas arqueológicas sin explorar. Parece que no ha sido explotada y necesitamos que adquiráis el mayor número de documentación que podáis. También sabemos que los piratas se encuentran al tanto de esta situación y, es por ello, que hemos decidido mandar la mayor flota hasta el momento. No podemos perder nada. Lo necesitamos todo.
Poco después nos encontrábamos todos los elegidos para la misión subidos en diversos submarinos. Los nervios y, lo que podría llamarse ilusión, se mezclaban en mi interior. Observaba al resto de soldados con esa actitud desenfadada que tanto les gusta mostrar cuando el servicio se lo permite. Voces y risas enérgicas llenaban el cascarón de metal y ocultaban el sonido de los motores. Una sirena y la luz tintineante de color rojo anunciaban que procedíamos a la inmersión. Esperé a que la nave se estabilizara para acercarme a una de las diminutas ventanas. No podía verse demasiado por la poca luz filtrada del exterior, aunque, en ocasiones, algún animal acuático despistado o curioso cruzaba la visión oceánica.

Tras una semana, con sus siete días y siete noches, llegamos a una zona que, al parecer era del todo desconocida. Todos nos acercamos hacia las pequeñas y redondas ventanillas para ver de primera mano qué era aquello que tanto alarmaba a los altos mandos que nos acompañaban.
Ante nosotros una visión extraordinaria se abría camino. Ninguno podíamos creer lo que ante nuestros propios ojos se abría camino. Era una ciudad viva bajo el agua. Una enorme cúpula llena de luz, de edificios y seres que andaban por calles muy similares a las de la superficie.
Sin apenas darnos cuenta, uno de los submarinos que nos acompañaba estalló en pedazos. Señal inequívoca de que aquellos seres nos estaban atacando. La alerta sonó con fuerza y todos nos preparamos para un nuevo ataque inminente, más bajo las aguas poco podíamos hacer salvo esperar que los misiles subacuáticos surtieran el efecto deseado.
La suerte o la desgracia provocó que todas las naves cayeran excepto aquella en la que me encontraba. Fuimos capturados y arrastrados hasta el interior de la cúpula donde nos separaron y nos llevaron a diferentes celdas o habitaciones. La sorpresa fue mayor cuando pudimos ver que quienes nos arrestaban en seres humanos como nosotros que habían logrado construir una ciudad subterránea en la que vivir lejos de la polución.
Desde la habitación en la que me hallaba podía ver parte del exterior. Parecía una ciudad cualquiera, de esas que habían estudiado en libros de historia. Justo frente a la diminuta ventana por la que me asomaba había una heladería típica de esas que tenían un toldo de colores rosa y blanco, con algunas mesas de metal y sillas a juego que flanqueaban la entrada. Las personas que circulaban por la calle lo hacían andando o en bicicleta, no me pareció ver coche alguno o vehículo a motor. Llamaba mi atención los niños que allí veía, corrían y reían sin temor.
El sonido del pasador de la puerta de mi celda llamó mi atención. Entró un hombre armado con lo que parecía una especie de ballesta y, tras él, otro hombre aún mayor con una bandeja con comida. Ninguno pronunció una palabra. No sé con exactitud el tiempo que permanecí encerrada, sola, sin saber del resto de mis compañeros; pero llegó el día en el que, al fin, me dejarían salir para hablar con quien debía ser el contacto o el mediador que habían designado.
Me encontraba en una habitación un poco más acogedora. Estaba vacía por completo, salvo por tres sillones tapizados en telas granate que iban a juego con los acolchados de las paredes. También había una mesa vacía. Quien me acompañó me invitó a sentarme mientras esperaba a quien fuera con quien me iba a entrevistar. No tardó más que unos instantes en volver a abrirse la puerta para dar entrada a un hombre de unos cuarenta años, de traje oscuro y piel blanquecina, como todos en aquel lugar.
—Laika, ¿verdad? —preguntó el susodicho que, ante mi asentimiento, prosiguió—. Yo soy Marcus, estoy aquí para hacerte entender la situación en la que te encuentras y explicarte nuestra existencia. —Realizó una breve pausa antes de proseguir con su alocución—. Debo informarte de que nuestra existencia debe permanecer en total secreto, jamás debe llegar noticia alguna de nuestra presencia a los terrestres, es decir, a tus congéneres del exterior. No sé si comprendes por donde voy. —Quería creer que sí sabía qué era aquello a lo que me enfrentaba, pero la inseguridad hizo que mi reacción no fuera la esperada. A pesar de ello, el tal Marcus, decidió ser más concreto—. No podemos acogeros a todos los que habéis sobrevivido a nuestro ataque, sin embargo, tu, querida niña, eres uno de los elegidos para quedarte si así lo deseas. En caso contrario, tu cuerpo será expulsado de la cúpula.
—¿Dónde están los demás? Mis compañeros, ¿qué ha pasado con ellos? —pregunté con la esperanza de recibir una respuesta que pudiera digerir.
—Algunos han sido ya expulsados y otros han aceptado nuestra oferta. Podrás quedarte, tendrás un trabajo como todos los que estamos en este lugar y que deberás realizar religiosamente.
—¿Por qué yo puedo quedarme?
—Sencillo. —contestó mi interlocutor con una medio sonrisa que ya anunciaba parte del sentido a la respuesta—. Eres mujer y joven. A diferencia de lo que sucede en la superficie, aquí las mujeres cada vez escasean más. —Sin mayor argumentación, Marcus se levantó para marcharse de la sala dejándome con más dudas de las que había podido entender; pero antes de salir me dio una última directriz—. Decide pronto cuál va a ser tu respuesta. Mañana comenzará tu nueva vida en caso de que decidas quedarte.

Llevaba cerca de una semana ya en aquel lugar, nunca supe que pasó con Tomás, aunque lo pude imaginar. Otros sí corrieron la misma suerte que yo, casi todos eran de los nuevos activos, jóvenes como yo. Me habían asignado una chica de mi edad para que me guiara en mi nuevo trabajo e informara de mi actitud hasta estar seguros de que podían confiar en mí y dejar que viviera en alguna de las casas disponibles.
No podía ver la totalidad de la ciudad, pero al encargarme de la limpieza de las calles, podía observar al resto de las personas que me miraban con desconfianza. Todos allí eran bastante pálidos, aunque saludables. Podían cultivar la mayoría de las hortalizas y frutas gracias a un sistema de calor que simulaba las estaciones del año y la luz solar. Del mismo modo, en el resto de la ciudad, fuera de aquel invernadero, el día y la noche eran marcados por grandes luces ancladas a media altura de la cúpula. Y, el oxígeno, conseguían introducirlo del exterior con un enorme tubo que subía hasta la superficie y que era limpiado antes de introducirlo de nuevo en la bóveda de cristal.
Me encontraba entretenida en mi trabajo de limpieza cuando reparé que una chica, al otro lado de la calle, me observaba con atención. No pude verle el rostro con claridad, pero el corazón me dio un vuelco cuando nuestras miradas se cruzaron. Aquella noche no pude dormir pensando en aquella joven que había visto el día anterior, sin saber que al día siguiente la volvería a ver.
Cuando la chica volvió al lugar en el que me encontraba, sentí el valor de acercarme hasta ella. La muchacha ni se inmutó, se mantenía firme ante mi acercamiento. Entonces todo sucedió demasiado rápido. Un agente de la autoridad que ninguna vimos llegar atrapó a la joven mientras otro me retenía y me trasladaba de nuevo a mi celda. No podría jurar lo que aquel día pude ver, pero estaría loca si no asegurara que aquella joven era exacta a mí. ¿Cómo podía ser? De pronto, decenas de imágenes comenzaron a sucederse en mi mente recordando a las personas que había visto desde el día de mi llegada. Muchos de ellos me resultaban conocidos. Una de las veces me pareció ver a Tomás, pero por más que lo llamaba él no me contestó y pensé que me había confundido. Recordé haber visto a una mujer mayor, de pelo cano y ojos bicolor que me resultaba muy familiar, aunque de otra época.
Llamé con fuerza al custodio, quería hablar con Marcus. Él era quien debía responder, desde que había llegado charlaba todas las tardes con ese hombre para ver como iba adaptándose y, de paso, solventarme las dudas existentes.
—¿Qué sucede, Laika? —preguntó mientras se desabrochaba uno de los botones de la chaqueta para sentarse en el sillón aterciopelado que se encontraba frente a mí.
—Quiero saber quiénes sois.
—No entiendo a qué te refieres.
—Hace unos días vi a una chica que era exacta a mí y, cuando fui a preguntarle quien era, dos de tus hombres nos separaron. —Sentía la respiración entrecortada por la adrenalina que me empujaba a escupir cada palabra—. He visto a varias personas que, por casualidad, se parecen demasiado a las gentes que conozco, que recuerdo del exterior.
—Eso es imposible, querida. —contestó con una tranquilidad que me desquiciaba.
—Sé que las personas que viven aquí son iguales a las que sobreviven en la superficie y quiero saber por qué. —Insté.
—Si te respondo a esa cuestión, es muy probable que nuestro trato se rompa. ¿Lo comprendes?
—No me importa. ¿Quiénes sois? —Grité sin pretenderlo.
—¿Estás segura de que quieres conocer nuestros secretos?
—Por supuesto.
—Deseo concedido. —Con aquella sonrisa que me desquiciaba comenzó su confesión—. Verás, nosotros somos los verdaderos humanos. Los supervivientes. El problema es, que no podemos vivir en la superficie por razones que bien conoces. —Hizo una pausa para reclamar la atención del asistente que se encontraba de pie junto a la puerta y que siempre nos acompañaba—. ¿Puedes traer un par de copas de vino? —Le dijo y, después, regresó a mí—. Entonces, nuestros científicos, consiguieron la forma de crear seres exactos a nosotros con un único defecto, no podéis procrear y, es por ello, que debemos mandar más de un ser a la superficie para que haya el suficiente número de seres capaces de afrontar las inclemencias del exterior. Al principio, os creamos con la intención de que trabajarais en un plan de saneamiento de la Tierra, pero, poco a poco, comenzasteis a tener una mayor conciencia de conservación y, por ello, debimos escondernos y borrar todo rastro de nuestra existencia. —La puerta de la estancia se abrió dando paso al asistente que portaba una bandeja con sendas copas repletas de vino tinto que depositó en la mesa—. Por favor, Laika, toma esta copa mientras seguimos con nuestra charla. —Ante mi repulsa, Marcus insistió—. Te vendrá bien para digerir toda esta información…
Lo cierto es que ya no recordé nada más. Tan solo un sorbo de aquel brebaje hizo que sucumbiese y despertara de nuevo en mi celda. Y es por esto que escribo a media luz en este diario todo aquello que recuerdo. Mañana intentaré descubrir más, intentaré escapar.

Valencia, año 2258

—Sí, señor. Este diario ha sido encontrado a orillas del mar. —Un soldado le mostraba a su superior el cuaderno encontrado en una carcomida botella de cristal.




Espero que os haya gustado y nos vemos en el próximo relato.



Relato 2: Valencia, 2218

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